Hay personas que aprenden demasiado jovencitos que ser uno mismo, a veces, puede doler mucho. Que mostrar lo que sienten, lo que les gusta o cómo se reconocen ante el mundo y su propio círculo despierta miradas incómodas, burlas o silencios que duelen más que cualquier palabra. La identidad de género, especialmente en la infancia, no suele vivirse como una opción libre, sino como un territorio vigilado donde cualquier gesto fuera de “lo normal” parece necesitar una explicación.
El derecho a ser uno mismo no debería implicar en ningún caso valor, y sin embargo muchas veces lo exige. Vestirse, jugar o expresarse de una manera auténtica puede convertirse en un acto de desafío cuando el entorno responde con rechazo o miedo. La inclusión, entonces, deja de ser algo abstracto para convertirse en algo urgente y profundamente humano: la necesidad de no ser juzgado y de ser acompañado en vez de corregido.
La película “Palmer” (2021) parte de esa herida silenciosa. No nos habla sólo de identidad, nos habla también de la soledad que provoca no encajar y del alivio que supone encontrar a alguien dispuesto a proteger tu derecho a existir tal y como eres. La película no nos brinda grandes discursos, pero sí algo muy poderoso: la certeza de que a veces basta una sola persona que escuche y cuide para que el mundo deje de ser un lugar hostil.
"Palmer" comienza presentándonos a su protagonista, Eddie Palmer (Justin Timberlake), una antigua estrella del fútbol americano universitario que acaba de salir de prisión tras cumplir una condena de doce años por robo e intento de asesinato. De vuelta a su pueblo natal, intenta rehacer su vida en casa de su abuela Vivian, quien cuida ocasionalmente de Sam (Ryder Allen), el hijo de su vecina Shelly, una mujer con graves problemas de adicción. Sam es un niño tan extrovertido como singular: le gustan los vestidos, las princesas y las fiestas de té.
Tras varios intentos fallidos de encontrar trabajo, Palmer consigue empleo en la escuela local como ayudante del conserje. Poco después, el abandono de Shelly y la repentina muerte de Vivian lo obligan a asumir, a regañadientes, la tutela legal y temporal del pequeño Sam.
Aunque al principio la relación entre ambos es distante, poco a poco se va estrechando, especialmente cuando Palmer inicia una relación con Maggie, la profesora de Sam. Sin embargo, la aparente calma se quiebra cuando el niño regresa un día de casa de un amigo llorando, con el rostro manchado de maquillaje, dejando entrever la hostilidad del entorno hacia su forma de ser.
Al comienzo, Palmer piensa que ha sido un amigo de Sam, pero al final descubre que, quien se lo ha hecho ha sido un adulto, Daryl, un antiguo amigo suyo. Preso de la cólera, Palmer busca a Daryl y lo golpea lo cual, junto con el regreso de Shelly, acaba provocado que Sam acabe en custodia de los Servicios de Protección Infantil.
Sin tiempo que perder y con la ayuda de Maggie, Palmer intenta recuperar la tutela del niño. No obstante, Sam acaba regresando con su madre y con la pareja de esta, un hombre violento y con graves problemas de adicción. Cuando la situación degenera en un nuevo episodio de violencia, Palmer interviene y se lleva al pequeño, empujando la historia hacia su punto de no retorno.
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| Palmer y Sam fortalecen su relación en una escena clave de la película Palmer |
Como es de esperar, este gesto precipita el desenlace de la película, un tramo final que preferimos no desvelar.
Una de las cosas que más nos han gustado de “Palmer” es el enfoque que le ha dado su director, Fisher Stevens. Sin estridencias ni alardes técnicos, consigue un trabajo sobrio y respetuoso con unos intérpretes que logran que el espectador centre su atención en las relaciones humanas. Por momentos, la película se percibe más cercana al cine independiente que al comercial. Con todo, en este apartado se echa en falta una exploración más profunda de la psicología de los personajes, especialmente la del protagonista.
En cuanto al guion, “Palmer” nos ha parecido sólido en el tratamiento de temas tan sensibles como el género, la paternidad no convencional o los prejuicios, abordados con empatía y honestidad, sin caer en el amarillismo. Sin embargo, peca de una excesiva previsibilidad y de la ausencia de giros narrativos más profundos, especialmente en el desarrollo de la relación entre Palmer y el niño.
El montaje mantiene un ritmo correcto y fluido, aunque por momentos resulta pausado y reflexivo. Aun así, la coherencia se sostiene durante todo el metraje, incluso en aquellos pasajes en los que el clímax emocional alcanza sus momentos más intensos.
En el apartado interpretativo, destaca el trabajo de Justin Timberlake, que da vida a Palmer con un registro contenido y creíble, sin perder nunca la humanidad del personaje. Del mismo modo, el joven Ryder Allen sobresale en el papel de Sam, sosteniendo gran parte del peso emocional de la película con una naturalidad y soltura superiores a lo esperado.
Por todo lo que os hemos contado, nuestra nota final para "Palmer" es de un 7 sobre 10.
“Palmer” – USA – 2021
Dirigida por: Fisher Stevens
Duración: 110 minutos
Género: Drama
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