lunes, 19 de octubre de 2026

La tormenta (2026): cuando las apariencias saltan por los aires

Póster de la película sueca La tormenta (2026)

Hay películas que empiezan con una tormenta y otras en las que la verdadera tempestad se desata dentro de la casa en la que te has refugiado mientras fuera arrecia la tormenta. La película sueca La tormenta juega precisamente con esa idea: encerrar a un grupo de personas y dejar que, cuando todo se descontrola, las apariencias empiecen a resquebrajarse y salgan a relucir esas miserias que normalmente intentamos mantener bien escondidas.

La propuesta tiene su gracia y hasta resulta bastante más interesante de lo que podría parecer a primera vista. El problema llega cuando el humor se pasa de frenada, los gags empiezan a rozar lo absurdo y uno se pregunta si está viendo una comedia negra o un número de Los payasos de la tele. Y eso que, entre tanto desvarío, la película tiene algunas ideas que merece la pena rescatar.

Sinopsis de La tormenta

Filip quiere celebrar su 45 cumpleaños por todo lo alto e invita a sus antiguos compañeros de universidad a una lujosa finca en el norte de Suecia. Todo apunta a una reunión de esas en las que abundan las sonrisas, las conversaciones agradables y las vidas aparentemente perfectas. Pero una intensa tormenta de nieve los deja aislados y los planes empiezan a torcerse.

Sin posibilidad de salir de allí, lo que parecía una celebración entre viejos amigos se convierte poco a poco en un campo de minas. Las viejas rencillas reaparecen, las conversaciones se envenenan y las buenas maneras empiezan a saltar por los aires. Porque mantener las apariencias cuando todo va bien es muy fácil; lo complicado es seguir fingiendo cuando el caos llama a la puerta y ya no hay escapatoria.

Crítica de La tormenta

Uno de los mayores aciertos de La tormenta es la forma en que utiliza las distintas fases de la tormenta para acompañar lo que sucede dentro de la casa. No es un simple recurso para justificar que los personajes estén encerrados: la meteorología marca también el progresivo deterioro de la convivencia. Mientras el temporal arrecia fuera, dentro empiezan a saltar por los aires las buenas maneras, las relaciones y, sobre todo, las apariencias que cada uno se esfuerza por mantener.

Y aquí es donde la película nos parece más interesante. Porque detrás de esas sonrisas y esas vidas aparentemente perfectas se esconden rencores, inseguridades y miserias que el caos termina sacando a la luz. Cuando desaparece la posibilidad de controlar lo que los demás ven de nosotros, mantener el tipo se convierte en una misión casi imposible. Esa mirada a las convenciones sociales y a lo poco que hace falta para que se nos caiga la careta nos parece uno de los grandes aciertos de la propuesta.

El problema es que la película no siempre sabe cómo desarrollar esas ideas. La comedia negra deja paso, en demasiados momentos, a situaciones tan absurdas y exageradas que cuesta tomárselas en serio. Hay gags que parecen sacados de Los payasos de la tele, y no precisamente porque uno esté dispuesto a reírse de cualquier cosa. El disparate acaba comiéndose parte de la tensión y desdibuja esa crítica a las miserias humanas que tan bien parecía encaminarse.

Y cuando llega el desenlace, todo termina casi de un disparo. La película cierra la historia con tanta precipitación que apenas deja tiempo para asimilar lo ocurrido. Aunque, siendo sinceros, después de algunos de los desvaríos que hemos tenido que soportar, tampoco es que uno necesite que la fiesta se prolongue demasiado.


Parte del grupo de amigos de la película sueca La tormenta (2026)
Parte del grupo de amigos de La tormenta (2026).

Al final, La tormenta deja la sensación de haber tenido entre manos una propuesta con mucho más potencial del que finalmente demuestra. Su lectura sobre las apariencias y el comportamiento humano funciona, y la relación entre el temporal exterior y el caos interior está muy bien planteada. Lástima que el exceso de absurdo y las prisas por cerrar la historia terminen restándole fuerza. Porque, a veces, para desmontar nuestras miserias no hace falta montar semejante circo.

Personajes e interpretaciones

Gustaf Skarsgård se mete en la piel de Filip, el anfitrión de una celebración que termina convirtiéndose en una auténtica pesadilla. El actor sabe desenvolverse en ese progresivo descontrol, mientras su personaje intenta mantener las riendas de una situación que cada vez se le escapa más de las manos.

Aliette Opheim, como Caroline, la mujer de Filip, y Filip Berg, en el papel de Ossi, forman parte de un reparto coral en el que los personajes van perdiendo poco a poco la compostura. Junto a ellos, Josephine Bornebusch, también directora y guionista de la película, y el resto del elenco contribuyen a sacar a la superficie las tensiones y miserias que se esconden detrás de tanta apariencia.

El conjunto funciona especialmente bien cuando los personajes dejan de fingir y muestran su verdadera cara. El problema es que, en ocasiones, el exceso de caricatura y las situaciones disparatadas terminan devorando el trabajo de los intérpretes. Porque una cosa es retratar las miserias humanas y otra convertirlas en un desfile de esperpentos.

¿Merece la pena ver La tormenta?

Depende de lo que busques. La tormenta parte de una idea interesante, sabe jugar con las apariencias y retrata con bastante mala leche cómo el caos puede sacar a relucir las miserias que todos intentamos esconder. El problema es que, por el camino, se pasa de frenada con un humor demasiado absurdo y termina resolviendo la historia con unas prisas que tampoco ayudan.

Si os gustan las comedias negras, los personajes que se van quitando la careta y las situaciones incómodas, podéis encontrar aquí motivos para darle una oportunidad. Eso sí, no esperéis una película redonda ni os sorprendáis si en algún momento os preguntáis qué demonios estáis viendo.

¿Nuestro consejo? Dadle una oportunidad, pero sin grandes expectativas. Hay buenas ideas bajo tanto desvarío, aunque no siempre consigan salir a flote.

Nota final:  5,5/10



Ficha técnica de La tormenta


Título original: Stormen

Año: 2026

Director: Josephine Bornebusch

Duración: 101 minutos

Género: Comedia, Drama



miércoles, 7 de octubre de 2026

Ahora o nunca (2007): crítica de la película de Jack Nicholson y Morgan Freeman

Poster de Ahora o nunca (2007)

Hay cosas que todos sabemos, pero que preferimos no tener demasiado presentes. Que el tiempo pasa. Que no podemos recuperarlo. Y que, por mucho que intentemos mirar hacia otro lado, algún día se acaba. Ahora o nunca (2007) parte precisamente de esa incómoda certeza para plantear una pregunta bastante sencilla: ¿qué haríamos si supiéramos que nos queda poco tiempo?

Dirigida por Rob Reiner y protagonizada por Jack Nicholson y Morgan Freeman, la película nos presenta a dos hombres muy diferentes que coinciden en un hospital y descubren que tienen algo más en común de lo que pensaban: ambos están enfermos y el reloj corre en su contra. Así nace una lista de cosas que quieren hacer antes de morir, una excusa perfecta para viajar, vivir aventuras y, de paso, replantearse unas cuantas cosas sobre la vida.

Ahora o nunca es una película que habla de la muerte, pero intenta hacerlo desde la celebración de la vida, la amistad y esas experiencias que vamos dejando para “algún día”. Una propuesta tan agradable como inevitablemente buenista, que en algunos momentos se pasa de azúcar, pero que también consigue algo bastante más difícil: que terminemos pensando qué cosas de nuestra propia lista seguimos dejando para mañana.

Sinopsis de Ahora o nunca

Edward Cole (Jack Nicholson) es un millonario acostumbrado a tenerlo todo bajo control. Carter Chambers (Morgan Freeman), en cambio, lleva una vida mucho más sencilla, dedicada a su familia y a su trabajo. Dos hombres que, aparentemente, no tienen demasiado en común terminan compartiendo habitación en un hospital después de descubrir que ambos padecen una enfermedad terminal.

Ante la certeza de que el tiempo se les acaba, deciden recuperar una antigua idea de Carter y elaborar una lista de cosas que quieren hacer antes de morir. Lo que comienza como una sucesión de aventuras, viajes y experiencias pendientes acabará convirtiéndose en algo mucho más importante: una oportunidad para conocerse, enfrentarse a sus propios miedos y descubrir qué es realmente aquello que hace que una vida haya merecido la pena.

Así, Ahora o nunca convierte una historia sobre la muerte en un viaje sobre la amistad, las oportunidades perdidas y esa eterna costumbre de pensar que siempre tendremos tiempo para hacer las cosas que de verdad importan.

Crítica de Ahora o nunca

Hay películas que intentan hablar de la muerte desde la tristeza y otras que prefieren mirar hacia el otro lado y decirnos: “Bueno, ya que estamos aquí, vamos a aprovechar el tiempo”. Ahora o nunca pertenece claramente al segundo grupo. Y lo hace sin demasiados complejos.

La propuesta de Rob Reiner es sencilla y funciona: dos hombres que apenas tienen nada en común descubren que el tiempo se les acaba y deciden hacer juntos todas esas cosas que siempre habían dejado para después. Viajes, aventuras, caprichos… La famosa lista de deseos sirve como motor para la historia, pero pronto descubrimos que lo verdaderamente importante no está en tachar objetivos, sino en lo que Edward y Carter encuentran por el camino.

Y ahí aparecen Jack Nicholson y Morgan Freeman, que son probablemente la mejor razón para que la película funcione tan bien. Nicholson disfruta de un personaje hecho a su medida, arrogante, mordaz y bastante insoportable cuando quiere, mientras Freeman aporta ese contrapunto sereno y humano que equilibra la función. Juntos tienen una química estupenda y consiguen que incluso los momentos más previsibles tengan encanto.

Porque sí, Ahora o nunca es bastante buenista. A veces incluso demasiado. La película subraya sus mensajes, coloca la música en el momento exacto y nos avisa prácticamente con un megáfono de cuándo tenemos que emocionarnos. Habla de perdonar, de amar, de cumplir sueños, de recuperar el tiempo perdido y de descubrir qué merece realmente la pena en la vida. Todo muy bonito. Quizá demasiado bonito.


Carter y Edward hablando en uno de sus viajes
Carter y Edward hablando en uno de sus viajes

Pero tampoco vamos a enfadarnos porque una película quiera hacernos sentir bien. Cuando funciona, funciona precisamente porque detrás de todo ese azúcar hay una idea bastante sencilla e incómoda: el problema no es que vayamos a morir, sino que vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Y ahí la película deja de ser simplemente una historia sobre dos enfermos terminales haciendo turismo de lujo y se convierte en una invitación bastante directa a revisar nuestra propia lista. No necesariamente para tirarnos en paracaídas o viajar al otro lado del planeta, sino para preguntarnos qué estamos dejando para ese famoso “algún día” que quizá nunca llegue.

Puede que Ahora o nunca sea demasiado sentimental, demasiado complaciente y empeñada en darnos una lección. Pero también tiene algo que muchas películas más sofisticadas olvidan: quiere hablar de la vida y consigue que, al terminar, tengamos ganas de vivirla un poco más. Y oye, tampoco está nada mal.

Personajes e interpretaciones

Jack Nicholson es Edward Cole, un millonario arrogante, caprichoso y acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Nicholson se mueve como pez en el agua con este tipo de personaje y sabe darle ese punto de ironía y mala leche que consigue que Edward resulte mucho más simpático de lo que debería.

Morgan Freeman interpreta a Carter Chambers, el contrapunto perfecto: tranquilo, reflexivo, familiar y con una vida mucho más sencilla. Freeman aporta humanidad y serenidad a un personaje que podría haber caído fácilmente en el exceso de sentimentalismo.

Pero lo mejor está en la pareja que forman. Nicholson y Freeman tienen una química fantástica y consiguen que sus conversaciones, sus discusiones y hasta sus silencios sean probablemente lo mejor de la película. Dos actores enormes que entienden perfectamente que aquí no necesitan hacer demasiado para llenar la pantalla.

¿Merece la pena ver Ahora o nunca?

Sí. Ahora o nunca merece la pena, incluso aunque en algunos momentos nos quiera servir la vida con una sobredosis de azúcar y una banda sonora preparada para que saquemos el pañuelo.

No es una película especialmente sutil ni pretende serlo. Su mensaje está clarísimo desde el principio y, en ocasiones, lo repite tanto que dan ganas de decirle a Rob Reiner: “Sí, hombre, ya lo hemos entendido”. Pero debajo de todo ese buenismo hay una historia sencilla, entretenida y, sobre todo, muy humana.

Y luego están Jack Nicholson y Morgan Freeman, que son capaces de levantar cualquier escena y convertir una película que podría haberse quedado en un catálogo de tópicos sobre la vida y la muerte en una historia sobre la amistad que funciona de verdad.

Porque al final quizá ese sea el mayor acierto de Ahora o nunca: no nos descubre nada que no sepamos ya. Todos sabemos que el tiempo pasa, que algún día se acaba y que deberíamos aprovecharlo más. La película simplemente consigue que, durante un par de horas, volvamos a acordarnos de ello.

¿Nuestro consejo? Dale una oportunidad. Y después, revisa tu propia lista.

Nota final: 6.5 / 10



Ficha técnica de Ahora o nunca



Título original: The bucket list

Año: 2007

Director: Rob Reiner

Duración: 97 minutos

Género: Comedia, Drama



lunes, 28 de septiembre de 2026

La bola negra (2026): los silencios que heredamos

Poster de La bola negra (2026)

No somos especialmente fans de Los Javis. Y, para qué vamos a engañarnos, tanta bola alrededor de La bola negra también nos daba un poco de miedo. Cuando una película parece convertirse en “la película que tienes que ver”, uno corre el riesgo de entrar en la sala más pendiente del fenómeno que de lo que tiene delante.

Pero salimos de allí llorando. Y, unas horas después, seguimos pensando en ella. Porque La bola negra no se queda en una historia sobre el pasado, sobre la represión o sobre unos cuantos maricones que tuvieron que esconder quiénes eran. Habla de todo lo que se nos ha metido dentro durante generaciones: el miedo, el silencio, la vergüenza y esa necesidad de esconder aquello que se sale de “la normalidad” para sobrevivir.

Y también habla del presente. De lo fácil que es pensar que aquello ya pasó y que nunca volverá. Pero quizá los derechos no desaparecen de golpe. Quizá basta con empezar a cuestionarlos, a señalar al diferente, a convertirnos otra vez en un problema. Por eso hay que seguir removiendo la tierra. Porque cuando aramos esos campos aparecen nombres, historias, vidas y amores que alguien quiso enterrar. Y La bola negra consigue que, por un momento, no podamos mirar hacia otro lado.

Sinopsis de La bola Negra.

La bola negra nos lleva hasta 1932, 1937 y 2017 para contarnos las historias de tres hombres separados por décadas, pero unidos por el deseo, el dolor, la sexualidad y una herencia que atraviesa generaciones.

En 1932, un joven se enfrenta a una sociedad que pretende decidir cómo debe ser su vida y a quién puede amar. En 1937, en plena Guerra Civil, un soldado y un hombre al que debe vigilar se encuentran unidos por una relación que no debería existir. Y en 2017, un joven historiador se verá obligado a mirar hacia un pasado que creía lejano mientras intenta reconstruir una historia que todavía tiene mucho que contar.

Tres historias que transcurren en épocas muy diferentes, pero que acabarán demostrando que hay heridas que no desaparecen con el paso del tiempo y que algunas historias de amor se niegan a quedar enterradas.

Crítica de La bola Negra.

Hay películas que cuentan una historia y hay películas que, cuando terminan, te obligan a seguir completándola en tu cabeza. La bola negra pertenece claramente a las segundas. Sus tres historias, separadas por décadas y circunstancias muy diferentes, tienen algo en común: hombres intentando vivir, amar y ser ellos mismos en sociedades que les han dejado muy claro que eso tiene un precio.

Porque la represión no consiste solamente en perseguir o castigar. También consiste en conseguir que alguien tenga miedo de ser quien es. En enseñarle qué puede decir, qué puede hacer, a quién puede querer y, sobre todo, qué debe esconder. Y eso es algo que La bola negra entiende muy bien. Tres épocas distintas, pero heridas que pasan de una generación a otra. Porque nosotros también hemos heredado sus silencios.

Y ahí aparece una de las grandes ideas de la película: la memoria. Durante demasiado tiempo se enterraron cuerpos, pero también deseos, relaciones, recuerdos y vidas que no encajaban en aquello que otros decidieron que era “normal”. Por eso hay que seguir removiendo la tierra. Porque cuando aramos esos campos pueden aparecer nombres, historias, vidas y amores que alguien quiso hacer desaparecer.

Y quizá lo más incómodo es que La bola negra no nos permite mirar todo aquello como algo exclusivamente del pasado. Es muy fácil pensar que nosotros ya hemos dejado atrás ese mundo, pero los derechos que hoy damos por conquistados no aparecieron solos. Y tampoco tenemos garantizado que todo avance siempre en línea recta. No hace falta que vuelva exactamente el mismo mundo. Basta con que vuelvan algunas de sus ideas.

Por eso hemos salido del cine emocionados, sí, pero también un poco removidos. Porque La bola negra habla de quienes estuvieron antes que nosotros, pero también nos recuerda algo muy sencillo: mientras sigamos contando sus historias, será mucho más difícil volver a enterrarlas.

Personajes e interpretaciones

Si hay una pareja de personajes que nos ha dejado huella, esos son Sebastián (Guitarricadelafuente) y Rafael (Miguel Bernardeau). Su historia, situada en 1937, en plena Guerra Civil, es probablemente una de las partes más emocionantes de La bola negra: dos hombres que se encuentran en mitad de la guerra y que intentan vivir lo que sienten en un momento en el que hacerlo puede tener consecuencias.


Sebastián y Rafael en La bola negra (2026)
Sebastián y Rafael, protagonistas de la historia de 1937 en La bola negra

Guitarricadelafuente debuta en el cine con un personaje que exige mucho más que presencia. Sebastián es un hombre atrapado entre la guerra, sus convicciones y aquello que siente por Rafael, y el actor consigue transmitir muchísimo desde la contención. Bernardeau, como Rafael Rodríguez Rapún, aporta una enorme sensibilidad a un personaje que carga además con la conexión con Lorca y con una historia real detrás. Y juntos funcionan especialmente bien.

Carlos (Milo Quifes) protagoniza la historia de 1932, directamente relacionada con la obra inacabada de Lorca, mientras que Alberto (Carlos González) nos lleva hasta 2017 y se convierte en el hilo que permite que todas esas historias terminen encontrándose.

¿Y Lorca? Pues precisamente eso: una presencia fundamental, pero no el protagonista. La bola negra utiliza su obra, su figura y su memoria para construir algo mucho más grande que un biopic. Y creo que ahí está uno de sus grandes aciertos.

¿Merece la pena ver La bola negra?

Sí. Y quizá lo más curioso es que no esperábamos decirlo con tanta rotundidad.

Después de entrar en el cine con cierto recelo, salimos emocionados y con la película todavía dando vueltas en la cabeza. Y eso, al final, es lo que más valoramos de una película: que no termine cuando aparecen los créditos.

La bola negra habla de represión, de memoria, de amor y de miedo, pero también nos recuerda que algunas conquistas que hoy damos por normales costaron muchísimo. Y lo hace sin quedarse atrapada en el pasado: consigue que miremos hacia atrás y, al mismo tiempo, hacia nuestro presente.

Puede que no sea una película para todo el mundo y que haya momentos que funcionen mejor que otros, pero si entráis en la sala dispuestos a dejaros llevar, es difícil salir indiferentes.

Nosotros, desde luego, no lo hicimos.

Nota final: 9 /10



Ficha técnica de La bola negra


Título original: La bola negra

Año: 2026

Director: Javier Calvo, Javier Ambrossi

Duración: 158 minutos

Género: Drama, Romántica, LGTBI



jueves, 24 de septiembre de 2026

El Coyote contra ACME (2026): una persecución con demasiadas paradas

Coyote contra ACME (2026) poster oficial

Hay personajes que llevan décadas persiguiendo un sueño imposible. En el caso del Coyote, ese sueño tiene cuatro patas, se llama Correcaminos y, hasta ahora, siempre ha conseguido escaparse mientras todo tipo de productos ACME terminaban volando por los aires. Desde que apareció por primera vez en los dibujos de Looney Tunes en 1949, Wile E. Coyote se ha convertido en uno de los grandes especialistas del fracaso y, probablemente, en el cliente más fiel y desgraciado de ACME.

Por eso resulta bastante curioso que su salto al cine haya tenido detrás una historia casi tan accidentada como sus propias persecuciones. El Coyote contra ACME fue rodada y terminada, pero Warner Bros. decidió no estrenarla y llegó a plantearse archivarla como parte de una operación fiscal. La noticia provocó una auténtica campaña para recuperar la película, que terminó encontrando una segunda oportunidad años después.

Así que aquí estamos: El Coyote contra ACME, contra Warner, contra los productos defectuosos y, quién sabe, quizá también contra nuestras expectativas. Después de todo el ruido que ha rodeado a la película, tocaba sentarse tranquilamente a verla y comprobar si esta vez el Coyote consigue ganar alguna batalla.

Sinopsis de El coyote vs ACME

Wile E. Coyote está cansado de que todos sus planes terminen de la misma manera: mal. Convencido de que ACME es responsable de buena parte de sus desgracias, decide llevar a la compañía a los tribunales para reclamar justicia por todos los accidentes y desastres sufridos durante sus intentos de atrapar al Correcaminos.

Para enfrentarse a una de las mayores corporaciones del mundo contará con la ayuda de un abogado que tampoco está pasando precisamente por su mejor momento. Lo que comienza como una batalla aparentemente imposible acabará convirtiéndose en un peculiar enfrentamiento entre un coyote dispuesto a recuperar su dignidad y una empresa que hará todo lo posible por demostrar que, quizá, el problema siempre ha sido él.

Crítica de El coyote vs ACME

Y aquí es donde llega el problema: yo esperaba encontrarme con una gamberrada marca Coyote y ACME y me he encontrado, por momentos, con una película bastante más convencional de lo que esperaba. Tiene buenas ideas, momentos divertidos y ese punto de nostalgia que funciona casi sin esfuerzo, pero también se toma demasiado tiempo para llegar a donde quiere ir. Y sí, hubo momentos en los que miré el reloj. Mala señal cuando estás viendo al Coyote intentando demandar a ACME.

La película funciona mejor cuando abraza el absurdo y nos recuerda al personaje que conocemos, pero cuando se convierte en una comedia judicial con problemas familiares y corporaciones todopoderosas, pierde parte de su chispa. No diría que sea una mala película, ni mucho menos, pero tampoco he entendido del todo el entusiasmo que la ha acompañado. Quizá la historia de cómo consiguió llegar hasta nosotros sea más apasionante que la propia película.


El Coyote en pleno juicio contra ACME
El Coyote en pleno juicio contra ACME

Eso sí, hay algo que no se le puede negar: conseguir que una película que Warner Bros. quiso mandar al cajón termine estrenándose años después tiene bastante de victoria del Coyote. Aunque esta vez, curiosamente, el mayor enemigo del pobre animal no ha sido ACME, sino el aburrimiento.

Personajes e interpretaciones

Will Forte interpreta a Kevin Avery, el abogado del Coyote, y es probablemente el personaje humano que más peso tiene en la película. Forte funciona especialmente bien en la comedia, aportando ese punto de perdedor simpático que necesita un abogado metido en una batalla judicial contra ACME.

John Cena es Buddy Crane, el abogado de ACME y antiguo rival de Kevin. Cena vuelve a demostrar que la comedia se le da bastante bien y disfruta de un personaje que le permite explotar su faceta más exagerada y caricaturesca.

Lana Condor, como Paige Avery, completa el trío principal de personajes humanos y aporta un contrapunto más joven a la historia. El resto del reparto cumple correctamente, aunque la película está claramente construida alrededor del enfrentamiento entre los dos abogados y, por supuesto, del propio Coyote.

Y hablando de él, Wile E. Coyote sigue siendo el gran protagonista aunque no necesite decir una palabra. Sus gestos, sus miradas y su inagotable capacidad para meterse en problemas hacen que siga funcionando como personaje décadas después de su primera aparición. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos del Correcaminos, que sigue siendo el especialista en aparecer, liarla y salir corriendo como si nada hubiera pasado.

¿Merece la pena ver El Coyote contra ACME?

Sí, aunque con matices. Si eres fan del Coyote, del universo Looney Tunes o simplemente te apetece una comedia familiar con nostalgia, probablemente encontrarás suficientes motivos para pasar un buen rato. Tiene momentos divertidos, buenas dosis de absurdo y el encanto de ver a uno de los personajes más sufridores de la animación enfrentándose, por una vez, a su archienemiga: ACME.

Ahora bien, yo no me subiría al tren del entusiasmo que ha generado antes de verla. La historia de cómo consiguió llegar a las pantallas es apasionante, pero la película en sí me ha parecido bastante más irregular. Hay tramos que funcionan muy bien y otros en los que la atención se me fue por momentos.

Así que sí, merece una oportunidad, pero sin esperar la película revolucionaria que algunos parecen haber encontrado. En mi caso, la persecución ha tenido algún momento divertido… pero también demasiadas paradas. Y eso, para una película del Coyote, tiene bastante delito.

Nota final: 6 / 10



Ficha técnica de El Coyote contra ACME

Título original: Coyote vs. Acme

Año: 2026

Director: Dave Green

Duración: 103 minutos

Género: Animación, Comedia



jueves, 17 de septiembre de 2026

Sully (2016): cuando Tom Hanks convirtió una tragedia en una historia de supervivencia

Poster oficial de Sully (2016)

Hay historias que parecen escritas por un guionista con ganas de pasarse de dramático. Un avión pierde los dos motores poco después de despegar, el piloto tiene que tomar una decisión en cuestión de segundos y, contra todo pronóstico, consigue amerizar en el río Hudson. Y sí, ocurrió de verdad. Con semejante punto de partida, a Hollywood le faltaba poco para añadir un helicóptero explotando de fondo.

Pero Clint Eastwood decidió ir por otro camino con Sully, una película que no se queda en el espectacular amerizaje del vuelo 1549, sino que pone el foco en lo que ocurrió después. Porque salvar a 155 personas puede parecer el final feliz perfecto… hasta que empiezan las preguntas, las investigaciones y las dudas sobre si realmente se tomó la decisión correcta.

Con Tom Hanks al frente, Sully convierte una historia que todos conocemos en un relato contenido, tenso y muy humano. Una película que demuestra que, a veces, el verdadero drama no está en sobrevivir al accidente, sino en tener que explicar por qué hiciste lo que hiciste cuando apenas tuviste tiempo para pensarlo.

Sinopsis de Sully

El 15 de enero de 2009, el capitán Chesley “Sully” Sullenberger pilota el vuelo 1549 de US Airways cuando, pocos minutos después de despegar del aeropuerto de LaGuardia, la colisión con la bandada de aves provoca la pérdida de potencia de ambos motores. Sin posibilidad de regresar al aeropuerto, Sully toma una decisión extrema: amerizar el avión en el río Hudson.

Contra todo pronóstico, los 155 pasajeros y miembros de la tripulación sobreviven. Lo que podría parecer el final de una historia de supervivencia se convierte, sin embargo, en el comienzo de otra. Sully debe enfrentarse a una investigación que cuestiona sus decisiones y pone en duda si el avión podría haber regresado al aeropuerto.

Mientras la opinión pública lo convierte en un héroe, el piloto tiene que convivir con sus propios recuerdos y con la presión de demostrar que hizo lo correcto en aquellos pocos segundos en los que no había margen para equivocarse.

Crítica de Sully

Clint Eastwood dirige Sully con una de sus grandes virtudes: sabe cuándo no hace falta enseñar demasiado. El amerizaje en el Hudson es, evidentemente, el gran acontecimiento de la película, pero Eastwood no convierte la historia en una sucesión de explosiones, gritos y planos imposibles. La tensión funciona precisamente porque todo parece bastante real. Unos motores que dejan de funcionar, un piloto que tiene segundos para decidir y un avión que termina sobre el agua. Y nosotros, pegados a la pantalla aunque ya sepamos perfectamente cómo acaba.

Pero lo más interesante llega después. Sully cambia el espectáculo por la investigación y convierte al piloto en alguien que tiene que justificar una decisión tomada prácticamente a ciegas. La película juega con los recuerdos de Sully, repite determinados momentos desde diferentes perspectivas y consigue que una historia cuyo desenlace conocemos siga teniendo tensión. Sabemos que sobrevivieron los 155 ocupantes, pero la pregunta ya no es si el avión aterrizará: es si Sully conseguirá demostrar que su opción fue la mejor que podía tomar en ese momento.


Sully (Tom Hanks) tras amerizar en el Hudson
Sully (Tom Hanks) tras amerizar en el Hudson

Y ahí aparece Tom Hanks, que parece haber nacido para interpretar a hombres aparentemente normales enfrentados a situaciones extraordinarias. Su Sully no necesita grandes discursos ni heroicidades impostadas. Es contenido, profesional y hasta incómodo con la etiqueta de héroe. Hanks consigue transmitir esa mezcla de responsabilidad, cansancio y preocupación sin sobreactuar en ningún momento.

La película también tiene algo que se agradece mucho: no convierte a Sully en un superhéroe. Hay miedo, dudas y consecuencias. Eastwood muestra al hombre detrás de la hazaña y recuerda que tomar una decisión correcta no significa necesariamente sentirse seguro de haberla tomado.

Quizá Sully no tenga la profundidad de las grandes películas de Eastwood y su duración relativamente corta hace que algunos personajes secundarios queden algo desdibujados. Pero tampoco parece que esa sea su intención. Es una película directa, elegante y muy bien medida, que consigue algo bastante complicado: convertir un hecho que conocemos de principio a fin en una historia capaz de mantenernos en tensión.

Personajes e interpretaciones

Tom Hanks da vida al protagonista de Sully, el comandante Chesley Sullenberger, ofreciéndonos una interpretación contenida, humana y totalmente creíble. Vamos, a la altura de lo que nos tiene acostumbrados.

En cuanto a los secundarios, nos quedamos con el trabajo de Aaron Eckhart dando vida al copiloto Skiles, un hombre fundamental durante toda la emergencia y principal apoyo en cabina.

¿Merece la pena ver Sully?

Sí. Sully es una película sencilla, entretenida y muy bien contada, que consigue mantener la tensión a pesar de que todos conocemos de antemano el desenlace. Clint Eastwood no necesita grandes artificios y Tom Hanks vuelve a demostrar por qué es uno de esos actores que hacen fácil lo difícil.

Quizá no estemos ante una de las grandes películas de Eastwood, pero si te gustan las historias basadas en hechos reales, los dramas con tensión y las películas que van directas al grano, Sully merece perfectamente ese viaje al Hudson. Y además dura lo justo. Que también se agradece.

Nota final: 6.5 / 10



Ficha técnica de Sully

Título original: Sully

Año: 2016

Director: Clint Eastwood

Duración: 96 minutos

Género: Drama